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El Salmo 91 del Marketing

Un refugio estratégico para empresarios que no quieren depender de la suerte

Hay imágenes que atraviesan siglos sin perder potencia. Una de ellas es la del refugio.

Un lugar firme mientras afuera sopla el viento. Una estructura sólida cuando todo alrededor se mueve. Un abrigo cuando la temperatura baja y los caminos se vuelven inclementes.

El Salmo 91 habla de eso. De habitar al abrigo del Altísimo, de cubrirse bajo sus plumas, de no temer el terror nocturno ni la flecha que vuela de día.

Más allá de su dimensión religiosa —que cada quien interprete según sus convicciones—, la metáfora es extraordinariamente poderosa para el mundo empresarial. Porque dirigir una empresa —sea industrial, profesional o comercial— implica, precisamente, convivir con la incertidumbre permanente.

  • Cambios económicos que nadie predijo.
  • Competencia que aparece donde no existía.
  • Transformaciones tecnológicas que vuelven obsoleto lo que ayer era moderno.
  • Clientes cada vez más exigentes, mejor informados, menos leales.
  • Mercados más transparentes, donde lo que antes se ocultaba hoy se sabe en un clic.

Las flechas vuelan de día. Y también de noche.

Frente a eso, existen dos tipos de empresarios: los que reaccionan… y los que se preparan.

Este texto es para los segundos.

CAPÍTULO I

La trampa de la publicidad

Cuando una empresa atraviesa una caída en ventas, lo primero que suele hacer es invertir en publicidad.

Es comprensible.
Es visible.
Es inmediato.

La publicidad tiene algo de ansiolítico: genera la sensación de que se está haciendo algo. Aparecés en redes, sonás en la radio, te ven en la vía pública. Hay movimiento. Hay ruido. Hay una respuesta al malestar que produce la baja.

El problema es que la publicidad no corrige una estrategia débil.

Solo la expone.

Si tu propuesta de valor es difusa, la publicidad la vuelve más difusa aún, porque más gente la ve.
Si tu segmentación es incorrecta, la publicidad acelera el fracaso, porque llegás más rápido a quienes no te van a comprar.
Si tu ventaja competitiva no está clara, la publicidad la diluye, porque mostrás lo mismo que todos.

Séneca, que de empresas no sabía pero de naturaleza humana sí, escribió algo que todo líder debería recordar:

“No es que las cosas sean difíciles y por eso no nos atrevemos; es que no nos atrevemos y por eso son difíciles.”

En marketing ocurre exactamente eso.
No es que el mercado sea imposible.
Es que muchas empresas deciden improvisar.

Y la improvisación, en contextos de alta incertidumbre, es la forma más elegante de caminar hacia el precipicio.

CAPÍTULO II

El refugio no es la publicidad. Es la estructura

El verdadero abrigo no está en la última campaña. Está en la planificación.

Porque la planificación —a diferencia de la publicidad— no es visible. No se ve. No genera ruido. No calma la ansiedad del martes a la mañana cuando los números no cierran.

Pero es lo único que sostiene.

Un empresario industrial sabe que una planta no se construye en un día. Que los cimientos importan más que la fachada. Que el mantenimiento preventivo es menos urgente que apagar un incendio, pero mucho más eficaz.

El marketing estratégico es exactamente eso: mantenimiento preventivo de la relación con el mercado.

Implica hacerse preguntas incómodas cuando todavía no duele:

¿A qué segmento le hablamos realmente?
¿Dónde elegimos competir y dónde decidimos no hacerlo?
¿Cuál es nuestra ventaja clara, defendible, distinta?
¿Qué objetivos medimos con precisión, sin autoengaños?
¿Qué hacemos cuando el contexto cambia?

Sin estas respuestas, cualquier acción es dispersión. Y la dispersión, en términos empresariales, es la forma más cara de aprender.

El marketing estratégico no es un lujo.
Es dirección.
Y dirección, en tiempos inciertos, es poder.

Los estoicos lo llamaban prohairesis: la capacidad de elegir conscientemente, de prepararse para lo que viene, de distinguir lo que depende de nosotros de lo que no.

El empresario que desarrolla esa capacidad no necesita adivinar el futuro. Sabe que no puede. Pero construye estructuras lo suficientemente sólidas como para recibirlo, sea como sea.

CAPÍTULO III

La sombra que protege: marca y reputación

El Salmo 91 habla de sombra.

“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente.”

En negocios, esa sombra tiene un nombre: reputación.

Una empresa industrial con décadas de trayectoria sabe que la marca no se construye en una campaña. Se construye en coherencia sostenida. En promesas cumplidas una y otra vez, durante años, a veces durante generaciones.

La identidad visual ordena el caos. Hace reconocible lo que de otro modo sería invisible.

El tono de comunicación posiciona: dice quién sos sin necesidad de aclararlo.

La experiencia del cliente confirma (o traiciona) lo que la comunicación prometió.

La cultura interna sostiene: porque no hay marca externa sólida si adentro hay contradicción.

Cuando la reputación es sólida, el mercado tolera errores menores. Hay crédito. Hay confianza acumulada. Hay un colchón que amortigua.

Cuando es débil, cualquier fallo se magnifica. El cliente no perdona porque no hay historia que lo respalde.

Marco Aurelio, emperador y estoico, recordaba:

“La mejor venganza es no parecerse a quien te ha hecho daño.”

En términos empresariales, esta frase se traduce así: la mejor defensa no es copiar a la competencia. Es consolidar una identidad propia, tan clara que no haga falta explicarla.

Porque cuando la tormenta llega —y siempre llega—, las marcas con identidad fuerte resisten. Las que son copias de copias, se desdibujan.

CAPÍTULO IV

El mundo digital como ecosistema, no como canal

Todavía hay empresarios que observan el marketing digital como un “canal más”. Como si fuera equivalente a poner un cartel en la ruta o un aviso en el diario.

No lo es.

El mundo digital no es un canal. Es el ecosistema donde hoy se informan, comparan y deciden tus clientes.

Para un profesional, es el lugar donde lo buscan cuando necesitan resolver un problema.
Para un industrial, es donde sus compradores investigan antes de llamar.
Para un comercio, es la vidriera permanente que nunca cierra.

Si no te encuentran cuando te buscan, no existís. No es una exageración: es la descripción de cómo funciona la mente humana en 2026.

Si tu presencia es desordenada, tu estructura también parece serlo. El cliente proyecta: si no pueden ordenar un sitio web, ¿cómo van a ordenar un proceso industrial?

Por eso el marketing digital profesional no es “tener redes”. Es:

SEO trabajado con criterio, para que te encuentren sin pagar siempre.
Publicidad digital basada en datos, no en corazonadas.
Contenido que educa y posiciona, no que vende directamente.
Redes sociales con intención, no por obligación.

El algoritmo cambia cada seis meses.
La plataforma de moda dura lo que un suspiro.
La disciplina estratégica, no.

El empresario que entiende esto deja de temer al entorno digital. Deja de verlo como un mundo aparte, misterioso, manejado por veinteañeros con habilidades incomprensibles.

Empieza a utilizarlo como ventaja competitiva.

Porque si tus competidores aún lo ven como un canal más, y vos lo entendés como ecosistema, la diferencia se vuelve abismal.

CAPÍTULO V

El juicio final: la experiencia del cliente

En industrias y servicios profesionales, la experiencia del cliente es la prueba definitiva.

Podés tener procesos impecables.
Podés tener tecnología avanzada.
Podés tener una comunicación atractiva, un sitio web moderno, una campaña de publicidad brillante.

Pero si el cliente no siente coherencia entre lo que prometiste y lo que entregaste, la confianza se erosiona.

Y sin confianza, no hay crecimiento sostenido. Puede haber ventas puntuales, puede haber transacciones, puede haber facturación. Pero no hay construcción.

La experiencia del cliente no es un área. Es una mirada transversal que atraviesa toda la empresa.

El estoicismo habla de vivir conforme a la naturaleza. En términos comerciales, podríamos decir: vivir conforme a la promesa.

Si prometés calidad, cada interacción debe ser de calidad.
Si prometés cercanía, cada comunicación debe ser cercana.
Si prometés eficiencia, cada proceso debe ser eficiente.

Medir satisfacción no es una formalidad para llenar informes. Es inteligencia empresarial pura: saber si lo que creés que estás entregando coincide con lo que el cliente percibe.

Las encuestas NPS, CSAT, las mediciones de satisfacción, no son postureo. Son termómetros. Y un empresario que no mide la temperatura de su relación con el mercado, opera a ciegas.

Fidelizar no es sentimentalismo. Es eficiencia económica pura.

Adquirir un cliente nuevo cuesta entre cinco y siete veces más que conservar uno existente. Los industriales lo entienden en términos de procesos y optimización: el marketing no es diferente.

Es más rentable cuidar que conquistar.
Siempre lo fue.
Solo que ahora tenemos datos para probarlo.

CAPÍTULO VI

La dimensión subestimada: el propósito

Hay algo que los empresarios experimentados intuyen pero pocos verbalizan: los mercados son cada vez más transparentes.

Hoy, cualquier cliente con acceso a internet puede saber más de tu empresa que lo que vos querés contar. Puede leer opiniones, investigar prácticas, conocer tu historial, comparar tu comportamiento con tus declaraciones.

Los consumidores —incluso en entornos B2B, donde se supone que la decisión es puramente racional— observan prácticas, valores, coherencia.

Responsabilidad social no es un adorno para el informe anual.
Sostenibilidad real no es un sello que se compra.
Comunicación honesta no es una estrategia de relaciones públicas.

Son dimensiones constitutivas de la confianza.

El marketing social y ético no se trata de “quedar bien”. Se trata de construir legitimidad. Y la legitimidad, en un mundo transparente, es el único permiso para seguir existiendo.

Cuando vinculás ventas con donaciones, cuando hacés campañas con causa, cuando asumís compromisos públicos de sostenibilidad, no estás haciendo marketing. Estás construyendo un tipo de relación con el mercado que trasciende lo transaccional.

La ética no es un adorno reputacional.
Es blindaje a largo plazo.

Epicteto, el filósofo estoico que empezó siendo esclavo, decía que no importa lo que tengas, sino lo que seas. Las empresas también tienen un “carácter”. Y ese carácter, con el tiempo, siempre termina siendo más importante que cualquier campaña.

CAPÍTULO VII

Lo que sí podemos controlar

El pensamiento estoico parte de una premisa simple pero revolucionaria: hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. La sabiduría consiste en enfocarse en las primeras y aceptar con serenidad las segundas.

En la vida empresarial, esta distinción es oro puro.

No podemos controlar la economía. Viene con ciclos, crisis, expansiones, todo impredecible.

No podemos controlar la competencia. Va a hacer lo que tenga que hacer, con ética o sin ella.

No podemos controlar los cambios tecnológicos. Llegan cuando llegan, a veces desplazando industrias enteras.

No podemos controlar las crisis. Pandemias, conflictos geopolíticos, cambios regulatorios: todo forma parte del paisaje.

Pero sí podemos controlar:

La estrategia. Elegir dónde jugar y cómo ganar.

La claridad de posicionamiento. Saber quiénes somos y comunicarlo.

La coherencia de marca. No contradecirnos entre lo que decimos y lo que hacemos.

La experiencia del cliente. Asegurarnos de que cada interacción sume.

La disciplina en la ejecución. Hacer lo que hay que hacer, todos los días, aunque nadie mire.

El empresario que entiende esto deja de depender de la suerte.

No porque la suerte no exista. Existe. Pero no es gestionable.

Lo gestionable es la preparación.

Y cuando las flechas vuelven a volar —porque siempre vuelven—, el empresario preparado no entra en pánico. No busca culpables. No recorta lo que debería fortalecer.

Ajusta, corrige y continúa.

Porque construyó refugio antes de necesitarlo.

CAPÍTULO VIII

Los ocho pilares del refugio

A lo largo de estas páginas hemos recorrido las dimensiones que, bien trabajadas, constituyen ese refugio. Vale la pena enumerarlas con claridad:

1. Marketing Estratégico
La base. El lugar donde se definen segmentos, posicionamiento, objetivos. Sin esto, todo lo demás es ruido.

2. Branding
La identidad. Lo que sos, cómo te presentás, cómo te recuerdan. La sombra que protege cuando el sol aprieta.

3. Marketing Digital
El ecosistema. Donde te buscan, te encuentran y te juzgan. No es un canal: es el entorno.

4. Marketing de Contenidos
La voz. Lo que decís, cómo lo decís, a quién le hablás. El puente entre la marca y la mente del cliente.

5. Comunicación y Publicidad
El altavoz. Cómo amplificás tu mensaje, cómo contás tu historia, cómo gestionás cuando la historia se tuerce.

6. Experiencia del Cliente
La prueba. Lo que el cliente realmente vive, más allá de lo que vos creés que le das.

7. Distribución y Trade Marketing
El encuentro. Dónde y cómo se concreta la compra, especialmente en entornos físicos.

8. Marketing Social y Ético
El propósito. La dimensión que trasciende lo transaccional y construye legitimidad.

Ocho pilares.
Un solo refugio.

EPÍLOGO

Una reflexión final para quienes deciden

El marketing profesional no es publicar en redes.
No es diseñar un logo.
No es pautar cuando bajan las ventas.

Es construir un sistema integral que proteja y potencie la empresa en el tiempo.

Un sistema que no depende del humor del fundador, ni del cambio de algoritmo, ni de la última moda en gestión.

Un sistema basado en principios que, como los del Salmo 91, han demostrado su eficacia durante siglos: preparación, coherencia, identidad, propósito.

En mark3ting.com.ar creemos que el crecimiento sostenido no es un golpe de fortuna. Es consecuencia de estructura, visión y disciplina.

Las crisis no desaparecen. Los mercados no se vuelven simples. La incertidumbre es parte del contrato.

Pero una empresa bien preparada puede atravesarlos con serenidad.

Y esa serenidad —como sabían los estoicos, como sugiere el salmista, como intuye todo empresario con experiencia— no nace de la esperanza.

Nace de la preparación.